Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
El general sin patria que se quedó en todas: Peppino Garibaldi, el revolucionario de corazón mexicano.
Un 19 de mayo, en la Roma antigua de ruinas imperiales, murió un hombre sin patria y con todas. Lo llamaban Peppino Garibaldi, y si su abuelo, Giuseppe Garibaldi, fue el herrero de la unidad italiana, el nieto fue el quijote ardiente que buscó libertades en todas las fronteras del planeta. En México, dejó la sangre, los pasos, los hijos, los sueños. Y por él se llama Garibaldi esa plaza de mariachis, tequila y canciones rotas que es el centro emocional del corazón chilango.

Y no, ni el panecito azucarado del Globo ni la plaza que tiembla a la voz de “Cucurrucucú” deben su nombre al unificador de Italia, sino al nieto aventurero: Giuseppe Peppino Garibaldi. Su vida fue una sinfonía de guerras, exilios, batallas, amores y derrotas sin rendición.
La sangre revolucionaria de los Garibaldi
El apellido Garibaldi suena a epopeya. Giuseppe Garibaldi, el abuelo, nació en Niza y murió como leyenda. Comandó batallas en Uruguay, Brasil, Perú y toda Italia. Su bandera era la de la libertad, y su espada, el brazo de los pueblos. Tuvo hijos en la selva y en el mar, entre ellos Ricciotti, padre de Peppino. Ricciotti crió a su hijo en la llama ardiente del idealismo. Y de esa llama, el nieto brotó como chispa suelta por el mundo.
Peppino nació en Australia en 1879. Hijo de madre inglesa, Constance Hopcroft, y del general Ricciotti. Su infancia fue errante. A los 17 años ya estaba disparando contra el Imperio Otomano en Grecia, bajo el estandarte de la brigada garibaldina que comandaba su padre. Batallas como Domokos le dieron el fuego del mando y el temple de la resistencia.
De los Balcanes al altiplano mexicano
Fue soldado con los ingleses en la Guerra de los Bóers en Sudáfrica, aunque esa decisión le valiera el reproche de su familia. Su madre lo había impulsado a ello. Luego, errático como cometa, combató contra el dictador Cipriano Castro en Venezuela, y más tarde trabajó en el Canal de Panamá como inspector de una compañía italiana.
Desde Nueva York envió cartas a sus hermanos: “Vengan a México, a las minas del norte”. Y en 1911 llegó a Chihuahua. No a buscar oro, sino a encontrar revolución.
La revolución mexicana y el guerrero sin bandera
El rugido de Madero, el Apóstol de la Democracia, había despertado al país. Peppino se unió desde El Paso, Texas, a los rebeldes que cruzaban la frontera con fé y carabina. Junto a él combatían el sudafricano Benjamín Viljoen y el norteamericano Alberto Harrington.
Al llegar, hubo recelo. Francisco Villa y Pascual Orozco desconfiaban del extranjero. Pero Peppino, como buen Garibaldi, se ganó el respeto en la batalla. Destacó en Casas Grandes y en la heroica toma de Ciudad Juárez, donde la metralla era verbo y el plomo, oración.
Madero lo nombró jefe de la Legión Extranjera, compuesta por cuarenta soldados errantes y feroces, entre ellos el legendario Oscar Creighton, “el Diablo Dinamitero”.
El amor por México y su herencia secreta
Tras la victoria, Peppino acompañó a Madero en su segunda campaña presidencial. Fue su sombra leal, su general sin fuero. Se codeó con los revolucionarios, caminó por el Centro de la ciudad, y en una noche de luna y pulque, entre guitarras y banderas, nació la leyenda.

Dejó dos hijos en México, aunque la historia oficial no los recoge: Giglio y Joseph. El primero fue legislador de izquierda, defensor de los campesinos en los años cincuenta. El segundo, Joseph, fue promotor cultural, cónsul y mecenas de artistas, además de iniciador de un emporio comercial que hoy sobrevive como tienda departamental de renombre. Los nietos de Peppino son políticos, comerciantes y empresarios. Alguno de ellos ha comprado mariachis a medianoche para cantarle a una abuela o a un amor imposible.
Garibaldi, la plaza de los mariachis
La antigua Plaza del Baratillo fue renombrada en 1921 como Plaza Garibaldi, en honor al italiano que derramó sudor por la causa mexicana. Hoy, entre violines y botellas, entre sones y corazones rotos, resuena su nombre.
Ahí cantaron Pedro Infante, Jorge Negrete, Lola Beltrán, Lucha Villa. Ahí lloraron generaciones enteras con “El Rey” y “La media vuelta”. Ahí se celebra el cumpleaños de las madres, la vida de los ausentes, y se despide la juventud en serenata.
José Alfredo Jiménez escribió la eternidad de sus letras desde esa plaza. Juan Gabriel fue hijo musical de sus sombras. Hasta Chavela Vargas bebía sus fantasmas en sus callejones.
¿Quién no ha gritado “La vida no vale nada” en esa plaza de combate sentimental?
Y entre tequila y mariachi, entre “Bonito León, Guanajuato” y “El son de la negra”, vive la memoria de un italiano de mirada fiera que se jugó la vida por la libertad.
Del fascismo al silencio
En 1922, ya maduro, Peppino regresó a Italia. Se enfrentó a Mussolini, alzó la voz contra el fascismo. Fracasó en esa batalla. El Duce tenía al pueblo embrujado. Peppino huyó a Estados Unidos. En 1940 volvió a Italia, donde fue arrestado por la Wehrmacht y preso hasta el final de la guerra.
Muró en 1950, sin hijos conocidos, dicen. Pero en México, Giglio y Joseph lo lloraron en silencio. Sus descendientes aún caminan por Reforma, toman café en el Centro y recuerdan la historia que el tiempo quiso borrar, pero que la plaza resucita cada noche.
Peppino, el mexicano universal
No hay calle con su nombre. No hay estatua en Bellas Artes. Pero está en la voz del borracho que canta a las tres de la mañana, en la mariachada que escolta un ataúd, en la pareja que se da el primer beso con mariachi en la esquina de Garibaldi.

Peppino es México. Es el extranjero que se quedó para siempre. Es la prueba de que el amor a la patria se construye con actos, no con pasaportes. Su vida fue una estrella fugaz que cruzó tres continentes, y su estela aún alumbra los violines que lloran cada noche en la plaza.
Como dijera el gran filósofo juarense: “¿Pero qué necesidad?”
Y sin embargo, ¡qué fortuna que haya venido!
Porque sin Peppino, ¡qué sería de Garibaldi?
Que lo sepa el mundo: la plaza no se llama así por un italiano remoto que unió Italia, sino por un italiano cercano que se entregó a México. Un general sin patria, que hizo de nuestra tierra su causa, su refugio, su legado.
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