Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
Dr. Simi: el profeta de los parches
¿Salvador de los pobres o vendedor de ilusiones?
Similetras Hipnóticas
Hay profetas que caminan descalzos entre el polvo, otros que montan en burritos rumbo al Gólgota, y unos más —como el Dr. Simi— que se deslizan sonrientes por los pasillos fluorescentes de una farmacia, con la bata blanca como sotana y los lentes redondos como aureola profana. El nuevo mesías del acceso barato a la salud no vino de Nazaret ni de algún cerro mágico de Oaxaca. No. Este nació del marketing, del neoliberalismo de barrio y del abandono estatal.
Con más de 9,000 sucursales, las Farmacias Similares no son un proyecto médico: son una red, un pulpo, un diagnóstico vestido de promesa. Su lema no es “cura”, sino “resuelve”. Porque eso es lo que hacen: resuelven, como se resuelve un zapato roto con cinta adhesiva o un corazón roto con una cumbia.
El sistema de salud mexicano —ese laberinto de pasillos colapsados, fichas madrugadoras y doctores heroicos pero mal pagados— lleva años pudriéndose bajo el peso de su burocracia. Entonces vino este doctor de bigote de peluche, y dijo: “Aquí hay otra opción.” Y la gente, sin otra salida, entró. En masa. Como ovejas no al matadero, sino al mostrador de consulta exprés por 60 pesos.
Pero seamos honestos: no es filantropía, es negocio.
Y uno muy bien diseñado. La consulta te lleva directo al medicamento genérico. La receta es el boleto, la compra es la penitencia. Algunos médicos, presionados por metas, sobreprescriben. Y así, la farmacia se convierte en un templo de transacciones disfrazadas de cuidado. Un modelo paralelo, autosuficiente, que no se conecta con hospitales ni clínicas públicas. Un atajo. Un paliativo. Un espejismo.

Y ahora… Simi también cura perritos.
El nuevo experimento se llama SimiPet Care, y promete lo mismo: atención barata, sin complicaciones, para las mascotas del pueblo. Suena noble. Suena hermoso. Pero si el modelo es el mismo que el de los humanos, los riesgos se duplican. Porque un perro no puede decir si el medicamento lo marea. Un gato no exige una segunda opinión. Y si el objetivo es vender más productos veterinarios a costa de consultas rápidas y genéricas, lo que está en juego es más que una bolsita de croquetas: es la ética.
¿Quién cuida al cuidador?
La figura del Dr. Simi ha cruzado ya la línea del símbolo. Lo lanzan a los escenarios como si fuera un tributo nacional. Peso Pluma lo recibe como si fuera el peluche de la nación. Algunos artistas lo patean, lo decapitan, lo abren como si buscaran adentro al verdadero culpable. Es un ídolo pop que no canta ni baila, pero que está en todas partes. Se ríe. Siempre se ríe.
Y mientras tanto, la Secretaría de Salud sigue desmembrándose. Las clínicas públicas, sin paracetamol. Los hospitales, sin jeringas. Las vidas, sin diagnóstico. Y el Dr. Simi, con su sonrisa de espuma, sigue bailando.
¿Es un salvador o un oportunista? ¿Es la señal de un sistema funcional, o el parche de un país que ya no sabe coser?
La respuesta no es sencilla. Porque en un país donde el Estado no llega, el mercado entra por la rendija. Y sí, es cierto: Farmacias Similares han ayudado a millones. Han dado acceso donde antes solo había espera. Pero también han normalizado la precariedad como sistema, y el medicamento como única salida. No previenen: recetan. No acompañan: despachan. No curan: administran.
Y eso —esa eficiencia sin ternura, esa medicina sin raíz— es quizás la metáfora más precisa del México moderno.
No es que el Dr. Simi esté destruyendo el sistema de salud. Es que el sistema de salud ya se destruyó solo, y Simi está vendiendo las piezas.


