Apunte diario sobre letras hipnóticas.

Por Arturo Vásquez Urdiales.

Tan comunes, tan ignoradas y ¿Cómo que no tiene nombre?

(Feliz domingo)

Hay un rumor silencioso en los objetos cotidianos. Un murmullo que nos dice: “existo, pero no me sabes nombrar”.
Y es que en esta vida apresurada, tantas veces pasamos junto a las cosas sin detenernos a preguntarnos cómo se llaman.

Por ejemplo:
¿Sabías que la simpática ondulación que corona la letra “Ñ” tiene nombre? Se llama virgulilla. Un rizo discreto, casi coqueto, que sin embargo sostiene todo el orgullo de nuestra lengua. No es una tilde, ni un adorno caprichoso: es la marca de una cultura que supo dar identidad a su alfabeto.

En la oreja, ese pequeño montículo de cartílago que sirve de escudo para el canal auditivo no es un “bultito” cualquiera. Se llama trago.
Sí, trago. Curioso, porque guarda el sonido de lo que escuchamos y también el de lo que bebemos: sorbos de palabras.

La jeme, aunque suene a poema breve, es algo mucho más físico: es la medida de distancia entre nuestro pulgar y nuestro índice extendidos. El cuerpo humano, tan sabio, creó sus propias reglas de medida cuando aún no existían centímetros ni varas.

Si alguna vez manejaste un cuchillo con pericia, habrás notado la parte contraria al filo, por donde descansa el pulgar del chef: ese borde también tiene un nombre solemne: recazo. Y su existencia evita heridas y confusiones.

Las rodajas de limón o naranja que flotan en el vino o adornan un vaso no son simples adornos sin alma. Se llaman luquetes. Como pequeños soles de cítrico que animan la tristeza líquida.

Cuando en el silencio de la noche tu estómago canta una ópera de gases y hambre, no estás escuchando algo vulgar: es un borborigmo. Palabra con resonancia de trueno en miniatura.

Y quien, en la cocina, no resiste el impulso de acercar la nariz a la olla y “probar” furtivamente lo que hierve, está cometiendo el delicioso acto de gulusmear. (Que levanten la mano los gulusmeadores profesionales: nadie debería avergonzarse de este arte antiguo).

Pero hoy, en este domingo que pide palabras como se pide pan, quiero llevarte todavía más lejos.
Porque hay cientos de cosas que tienen nombre y no lo sabíamos:

El duende de la tipografía no es un espíritu travieso, sino el espacio pequeño entre caracteres mal ajustados que arruina un diseño.

El agrafe es el pequeño clip metálico que une las páginas de un cuaderno.

El mamelón es la pequeña protuberancia en los dientes de leche.

El lúnula es el arco blanquecino que ves en la base de tus uñas.

El zaguán es el espacio entre la calle y la puerta de tu casa (¡cuántas vidas pasan por ese umbral sin saberlo nombrar!).

El pliegue epicántico es esa particularidad de los párpados en algunas etnias.

El nudo gordiano es más que un problema complicado: fue una trampa histórica que Alejandro Magno cortó de un tajo.

El estróbilo es la piña de los pinos, ese cono que parece inútil pero guarda semillas de bosques enteros.

El carúncula es ese pequeño bultito rosado que tenemos en la esquina interna del ojo.

El obnubilado es aquel que está nublado en su juicio, como cuando el amor, la tristeza o la ira nos ciegan.

Y así, podríamos seguir poblando el mundo invisible de nombres secretos:
El olor a tierra mojada tiene nombre (petricor), la inclinación de las letras se llama cursiva, el reflejo de contracción al oír un ruido fuerte es mioclonía de sobresalto.

Todo, absolutamente todo, parece querer tener nombre. Porque nombrar es dar existencia.

Hoy, mientras caminas, mientras bebes tu café o mientras miras la sombra de tus dedos sobre la mesa, pregúntate:
¿Será que esto también tiene un nombre que ignoro?

Porque, como decía Borges, “nombrar algo es invocarlo”.
Y quizá, al invocar estas palabras olvidadas, estemos salvando al mundo, un poquito, del olvido.

Feliz domingo, feliz descubrimiento.

Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

Apunte diario sobre letras hipnóticas

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