Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
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El escriba del león: San Marcos Evangelista y la eternidad del testimonio
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En el principio de la memoria cristiana, cuando aún la Palabra flotaba como bruma entre los sobrevivientes del Gólgota, hubo un hombre llamado Marcos, a quien algunos llamaron Juan Marcos, hijo de María de Jerusalén, compañero de Pedro, escriba de la fe naciente.
Él no fue de los Doce primeros. No estuvo en Getsemaní cuando la noche se desgarró de cuchillos y traiciones. No cargó la cruz ni corrió tras la piedra movida.
Y, sin embargo, fue su deber —y su condena sagrada— recoger de labios temblorosos, de ojos llorosos y de corazones aún palpitantes, los hechos del Nazareno.
Marcos no fue un soñador. No fue un trovador de fábulas, ni un peregrino de misterios inciertos.
Marcos fue el primero en cumplir una tarea que exigiría valentía espiritual:
Escribir.
Dar fe.
Organizar lo sagrado en palabras humanas.
De la voz poderosa de Pedro —el pescador hecho roca— recibió el núcleo de su relato. De su propia juventud en Jerusalén, de la casa que cobijaba a los primeros perseguidos, tomó la chispa de vida.
Y así, entre persecuciones, secretos, huidas y asambleas furtivas, Marcos escribió el primer evangelio: breve como una espada desenvainada, urgente como la huida de un condenado, poderoso como el rugido de un león en el desierto del espíritu.
Fue él quien encendió la arquitectura escrita de la fe.
Fue él quien fijó, en papiros de la memoria, que Jesús caminaba, sanaba, lloraba, gritaba en el templo, moría como hombre y resucitaba como Dios.
Su Evangelio no se entretiene en florituras: es acción, sorpresa, milagro y sentencia.
Es, como debía ser, un acta notarial del cielo, asentando para siempre que un hombre llamado Jesús de Nazaret estremeció al mundo con palabras de vida eterna.
Así nació San Marcos:
no sólo como evangelista,
sino como notario de la fe.

Mucho después, cuando los siglos empezaron a curvar la espalda de las civilizaciones, los nuevos escribas —los notarios medievales— buscaron un santo que los amparara.
Ellos, como Marcos, recogían palabras ajenas, testimonios prestados, voluntades hechas carne.
Ellos, como Marcos, no podían mentir: su pluma era espada y balanza.
Eligieron al que primero, en una época sin papeles sellados ni pergaminos oficiales, atestiguó la historia más grande jamás contada.
Así, San Marcos fue elevado como patrón de los notarios.
No como un mero escritor, sino como aquel que da fe pública de lo invisible, lo inaudito, lo imperecedero.
Y en su símbolo, el león alado, quedó para siempre la imagen del escriba que no tiembla, del testigo que no calla, del espíritu que ruge cuando la verdad necesita ser dicha.
Venecia, la Serenísima, lo hizo suyo.
En sus plazas, en sus mosaicos, en sus sellos y decretos, el león de San Marcos volaba con alas de eternidad, custodiando la palabra, protegiendo el acto, defendiendo la fe escrita.
**San Marcos:
el primer notario de la humanidad.
El primer escriba del Reino.
El primero que supo que la Palabra, sin acto escrito,
es como semilla lanzada al viento.**
Hoy, cuando un notario traza sus signos de fe, cuando plasma una voluntad que sobrevivirá a la muerte de su autor, cuando cierra un testamento o declara una verdad,
—aunque no lo sepa—
una sombra poderosa lo acompaña:
la sombra luminosa de Marcos,
el evangelista del león.
Y quizá, en algún rincón del tiempo, el mismo rugido que sacudió a los escribas de Venecia aún resuene, diciendo:
“Da fe, escribe, no temas:
porque el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros.”
(Columna elaborada para la serie “Apunte diario sobre Letras Hipnóticas”)
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales


