Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
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Fábululas de Urdiales # 1
“La última gota en la selva de Seevana”

En el centro de la antigua selva de Seevana —donde las hojas susurran historias más viejas que los templos de piedra— la sequía había llegado como un enemigo invisible. El río Tandali había dejado de cantar. Las ranas se callaron. El musgo se secó en las piedras como si alguien hubiese apagado con fuego la vida vegetal. Y por los caminos ocultos entre bambúes, incluso los tigres pisaban con miedo.
Mahaila, la loba madre, había salido en busca de agua. Sus crías, ocultas en la cueva donde una vez durmiera un niño salvaje, lloraban con la lengua seca. No había rastro de rocío ni entre los helechos. Mahaila era valiente, pero no inmune al miedo. A cada paso sentía que la selva misma la observaba. Y la sed pesaba como plomo.
Fue entonces cuando Sirrha, la serpiente pitón, surgió del tronco hueco con la gracia espiral de los antiguos dioses.
—¿Dónde vas, hermana loba? —silbó con una voz que podía acariciar o estrangular.
—Voy por agua —dijo Mahaila, firme pero temblando por dentro—. Mis cachorros lloran. La sed los está llevando.
—Agua… agua —repitió Sirrha, con la lengua ondeando en el aire—. ¿Y por qué no bebes de la poza sagrada?
—Porque está custodiada por ti y por tus hermanas, Sirrha. La selva entera lo sabe. Nadie que entre allí sale entero.
Sirrha soltó una risa seca, reptiliana.
—La vida es para los que se arriesgan, Mahaila. ¿No te enseñó eso tu hermano el hombre?
Pero Mahaila dio un paso atrás, y sin decir una palabra más, emprendió la retirada. Las ramas secas crujían bajo sus patas, y cada crujido era como un lamento de la selva.
Llegó jadeando a su cubil. Sus crías la miraron con ojos hundidos y hocicos agrietados. No traía agua. Solo traía miedo y silencio.
Fue entonces que apareció Dharvik, el buitre viejo. Nadaba en el aire con alas fatigadas y mirada de siglos. Bajó en espiral y se posó, sin ceremonia, frente a Mahaila.
—Aquí traigo agua —dijo, dejando una calabaza hecha de corteza y cuerdas de palma—. La encontré cerca de las ruinas de los hombres. No la he probado. Es limpia. Es buena.
Mahaila, sorprendida, se acercó.
Pero no habían pasado ni tres latidos del corazón cuando cayó sobre ellos Narakal, la pantera negra. Silenciosa, como la noche misma, con los ojos brillando como carbones vivos.
—¡No bebas! —rugió—. Ese buitre tiene alas manchadas. ¿Ya olvidaste que en la última sequía engañó a Jadun, el elefante anciano? Le dijo que había un lago, pero lo condujo a un pantano lleno de sanguijuelas.
Dharvik agachó la cabeza. No se defendió.
Narakal, con su voz grave y hermosa, continuó:
—Cuando uno miente toda su vida, hasta la verdad huele a trampa. ¡Rompe esa calabaza, Mahaila! ¡No le des veneno a tus crías!
Y sin más, Narakal dio un zarpazo certero. La calabaza cayó y se rompió. El agua se derramó entre las raíces secas de un árbol sin nombre.
Dharvik no dijo palabra. Miró a los lobeznos. Y luego al cielo.
Horas después, Mahaila dormía junto a sus pequeños, intentando ocultar el hambre y la desesperanza. Pero uno de ellos, el más débil, Dhoon, apenas respiraba.
Dharvik, en la penumbra, descendió sin ruido. Tomó a Dhoon entre sus garras, como si alzara una hoja, y se lo llevó hacia las montañas.
El amanecer trajo pánico. Mahaila despertó y no halló a su cría. Aulló. Llamó. Narakal y Baddul, el viejo oso sabio, llegaron a su lado. También vino Imray, el hermano-hombre ya hecho adulto, ya sabio, ya leyenda.
—El buitre… fue él —susurró Mahaila, entre sollozos.
Y todos emprendieron la búsqueda. Subieron riscos, bajaron valles, cruzaron ruinas cubiertas de hiedra y musgo.
Lo encontraron al mediodía. En un claro bañado por un manantial secreto, donde aún cantaban los colibríes y crecían las flores de agua.
Allí estaba Dharvik, tendido. Ya sin vida.
A su lado, Dhoon, el lobezno, dormía plácidamente. Con el hocico húmedo, el estómago lleno y la mirada de quien ha vuelto del borde.
—Mamá… —dijo al verla—. El hermano buitre me salvó. Me dio su última agua.
Imray, que había visto guerras entre hombres y animales, inclinó la cabeza. Narakal no supo qué decir. Baddul lloró. Mahaila temblaba.
Y entonces, Shaarat, el lobo alfa que ya caminaba como sombra, dijo con voz quebrada:
—A veces… el alma más ennegrecida guarda la chispa más pura. Solo que la muestra… cuando ya nadie quiere mirar.
Fábulula final
Así fue como la selva de Seevana aprendió una verdad antigua:
Hay errores que se pueden borrar. Pero hay reputaciones que no.
Y cuando el que ha mentido desea hacer el bien, lo persigue la sombra de su pasado.
Pero el cielo —el de verdad, el que está más allá de las copas de los árboles—
sí ve. Sí anota. Sí entiende.
La última gota que Dharvik guardó no fue agua.
Fue redención.
Y la historia quedó escrita, no en palabras, sino en los cantos de los pájaros.
En la sombra del viento.
Y en cada gota de lluvia que desde entonces volvió a caer en la selva.
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