Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Muñecas del tiempo: El oficio más viejo del mundo
Asqueado por la desaforada lascivia de las propétides —aquellas mujeres que, condenadas por Afrodita, ardían día y noche por la carne—, el rey Pigmalión, harto de sudores y jadeos ajenos, renunció a las mujeres. No a la compañía femenina en su totalidad, porque siendo escultor, se fabricó una. Una reina de mármol blanco, una esposa sin alma, sin habla y sin opinión. Galatea.
Las proféticas propétides, habitantes de Amatunte, tuvieron la osadía de negar la divinidad de Afrodita y, por eso, la diosa las maldijo con un deseo sin fondo. No dormían, no descansaban, no rezaban: sólo buscaban cuerpos que las aceptaran, aunque fuese con repulsión. Corrían detrás de los hombres por los campos, entre los olivos, debajo de los arriates, como espectros libidinosos. Los hombres huían. No porque fueran puritanos, sino porque el deseo de ellas era un abismo que los devoraba sin compasión.
Mientras tanto, Pigmalión —más artista que amante, más obsesivo que asceta— tomó el cincel y se hizo su Galatea: una mujer perfecta, sin arrugas, sin voz, sin queja. Ovidio, en su Metamorfosis, describe con una mezcla deliciosa de morbo y ternura los gestos del escultor enamorado: la besaba creyendo que ella respondía; le hablaba y se convencía de que escuchaba. Le acariciaba los senos de mármol y temía dejarle moretones, como si los fríos pechos pudieran inflamarse. Le daba joyas, collares, vestidos. También la desnudaba, claro, porque “desnuda no es menos bella”, dice Ovidio con una sonrisa entre líneas.

Era una fantasía plástica. Un amor unilateral. Un delirio erótico que apenas disfrazaba la masturbación con mármol. Pero Afrodita, juguetona como siempre, quiso premiar al obsesivo. Aceptó el sacrificio que Pigmalión le ofreció y le insufló vida a la estatua. Galatea abrió los ojos, caminó, habló, hizo como que sentía, aunque en el fondo, seguía sin alma. Y aún así, engendraron a Pafo, y Pafo a Cíniras, ese pobre diablo que acabó acostándose con su hija, pero esa es otra tragedia.
Lo fascinante es esto: las propétides, injustamente conocidas como las primeras prostitutas, no cobraban. Eran, más bien, víctimas de una libido impuesta, de una condena mística. Nadie pagaba por su compañía. En cambio, Galatea, perfecta y silenciosa, se convirtió en algo más radical: el primer juguete sexual de la humanidad. Una muñeca sin voluntad, hecha para satisfacer al escultor. Ahí está el germen del fetiche moderno: la mujer como objeto, literal, como escultura.
Desde ese momento, el deseo empezó a soñar con autómatas, muñecas inflables, avatares, inteligencias artificiales con curvas. La línea entre compañía y objeto se volvió difusa.
Pero volvamos a la pregunta fundacional:
¿Cuál es el oficio más viejo del mundo?
Todos dirán, sin pensarlo mucho:
—La prostitución.
Y en ese momento, como si se cerrara un telón rojo de cabaret, nosotros nos retiramos con una sonrisita.
—No —decimos—.
—¿Entonces?
—La recolección de manzanas.
Y soltamos el chascarrillo: porque allá, en el Edén, Eva estiró la mano y arrancó la fruta prohibida. Y desde entonces, nada volvió a ser lo mismo. Ni el deseo, ni el cuerpo, ni la vergüenza. Y si lo piensas bien… aquella manzana fue el primer pago, la primera transacción simbólica por el conocimiento, por el pecado, por el cuerpo.
Y ahí empieza todo.
Hasta Pigmalión lo sabía.
Le invito a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.


