Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Canasta de cuentos mexicanos
Literaria Oaxaqueña.
Por Arturo Vásquez Urdiales
Los siete esclavos de la llanada.
Los siete del estero
Tomás tenía dieciséis años cuando la guerra dejó de ser un rumor y empezó a oler a pólvora.
En la Costa Chica, los caminos comunicaban pueblos, haciendas y puertos; por ellos viajaban el maíz, la sal, las noticias y también los hombres armados. En 1810, la insurgencia comenzaba a inquietar la región. Las autoridades realistas reunían milicias para contenerla. Entre quienes se acercaban a la costa estaba Rafael Valdovinos, enviado por Morelos hacia Xamiltepec. Allí lo esperaba Francisco Paris, comandante realista de las milicias de Oaxaca.
Tomás no conocía esos nombres todavía. Conocía el sonido de las botas del teniente Valverde en el corredor y el peso de las cargas que le ordenaban llevar.
La víspera del combate, el capataz le mandó conducir dos mulas con bastimentos hacia la hacienda de San Marcos. Tomás tomó el camino indicado, pero al llegar a una loma vio hombres ocultos entre los árboles. No llevaban uniforme parejo. Algunos tenían fusiles; otros, lanzas, machetes, hondas. Había indígenas, mulatos, trabajadores de hacienda y arrieros. A todos los reunía una palabra que todavía no significaba lo mismo para cada uno: levantamiento.

Un hombre se acercó a Tomás.
—¿Vienes de San Marcos?
Tomás asintió.
—¿Cuántos soldados?
El muchacho señaló con los dedos que había visto una columna, pero no sabía su número. El hombre le pidió que regresara por el sendero y avisara que los realistas estaban cerca.
Tomás pudo obedecer y volver a la hacienda. En cambio, tomó una de las mulas, descargó el maíz y llevó el animal hacia el campamento insurgente. No lo hizo por amor a una bandera que aún no entendía. Lo hizo porque detrás de él quedaba una casa donde los hijos de Amara podían ser vendidos como animales.
Al amanecer, los hombres se movieron hacia Piedras Blancas.
La batalla no empezó con una carga gloriosa. Empezó con un disparo aislado, seco, que espantó a las aves de los árboles. Luego vino otro. Después, una descarga cerrada que levantó tierra frente a los insurgentes.
Tomás sintió el primer impacto como un puñetazo en el pecho, aunque la bala había golpeado el tronco junto a él. Se agachó. La pólvora le raspó la garganta. A unos pasos, un hombre cayó de rodillas, llevándose ambas manos al vientre. No gritó al principio. Miraba, sorprendido, la sangre que le llenaba los dedos.
Los insurgentes intentaron avanzar entre la maleza. Los realistas tenían mejor armamento y disciplina. Paris conocía la región y había reunido fuerzas suficientes para detener aquella incursión. Cada vez que los hombres de Valdovinos encontraban un claro, los recibía el fuego de los fusiles. Cada vez que retrocedían, la milicia realista ganaba terreno.
Tomás corrió con un mensaje envuelto en tela. Debía llevarlo a un grupo que trataba de rodear el flanco. A medio camino encontró a un joven tendido de espaldas. Tenía una herida en el muslo y mordía un pedazo de cuero para no gritar.
—Sigue —le ordenó el herido—. No te detengas.
Tomás se inclinó para levantarlo.
—Si me quedo, nos agarran a los dos.
—Entonces corre por los dos.
Tomás tomó el mensaje y corrió.
El humo cubría las copas bajas. Los gritos ya no distinguían órdenes de súplicas. Un caballo sin jinete cruzó entre los combatientes, con las riendas arrastrando por el suelo. Tomás llegó al grupo y entregó el papel. Cuando volvió la vista, vio que los insurgentes empezaban a dispersarse.
La resistencia no había sido cobardía. Habían peleado con lo que tenían contra una fuerza mejor organizada. Pero el combate de Piedras Blancas terminó en derrota para los insurgentes. Valdovinos fue vencido por las tropas de Paris y los sobrevivientes se retiraron por distintos caminos.
Tomás también huyó.
Corrió hasta que el monte dejó de llenarle los ojos de humo. Más adelante encontró al hombre herido que había dejado junto al sendero. Seguía vivo, pero tenía la camisa empapada. Tomás lo cargó sobre los hombros. La sangre le corrió por la espalda, tibia primero, fría después.
—¿Por qué volviste? —preguntó el hombre.
Tomás pensó en Amara, en la marca de la espina que llevaba junto al hombro y en los nombres que su madre dibujaba sobre la tierra.
—Porque alguien tiene que recordar quiénes faltan.
Cuando volvió a la hacienda, Valverde vio la sangre en su camisa.
—¿De quién es?
Tomás no respondió.
El teniente lo golpeó y mandó encerrarlo. Esa noche, Amara entró en el cobertizo con agua, hojas machacadas y una tira de tela. Le limpió la herida sin hacer preguntas. Tomás temblaba de fiebre, pero no apartó la mirada.
Amara puso dos dedos sobre su corazón.
Recuerda quién eres.
Tomás le mostró la mano abierta.
Volveré.
En los meses siguientes, la guerra siguió extendiéndose por la provincia. En noviembre de 1811, la rebelión de la Costa Chica volvió a encenderse: comunidades de Huazolotitlán, Pinotepa del Rey y Xamiltepec se alzaron, y Antonio Valdés encabezó la sublevación. La respuesta realista fue dura; la insurgencia fue dispersada en la zona de Chacahua. Tomás ya no era el muchacho que había salido a escondidas con una recua. Sabía que cada camino podía convertirse en una emboscada y que una derrota no terminaba la guerra: la hacía más amarga.
Años después, cuando las tropas de Morelos tomaron Oaxaca el 25 de noviembre de 1812, Tomás llevó mensajes entre los pueblos y ayudó a sacar heridos de los caminos. No estuvo en todas las batallas. Ningún hombre podía estar en todas. Pero aprendió a reconocer el momento en que un ejército se deshacía: primero callaban los tambores, luego los oficiales, y al final solo quedaban los nombres que alguien debía recoger.
Piedras Blancas fue su primer combate. Allí comprendió que la independencia no llegaría limpia ni fácil. La libertad se abría paso entre derrotas, sangre y decisiones que podían costar una vida.
Y comprendió algo más: no todos los hombres que peleaban contra España peleaban por los esclavizados. Algunos defendían tierras; otros, cargos; otros buscaban venganza. La palabra libertad tendría que ser disputada también entre quienes decían pronunciarla.
Tomás regresó a la costa con una cicatriz en el brazo y la sangre de un desconocido seca en la camisa. Amara lavó la tela, pero la mancha no salió del todo. La guardó doblada junto a los nombres de sus hijos.
—La guerra se llevó a muchos —dijo Beatriz, cuando supo lo ocurrido.
Tomás negó con la cabeza.
—La guerra no se los llevó. Los hombres los mataron. Que no confundamos una cosa con la otra.
Desde entonces, cuando alguien le preguntaba por qué seguía arriesgándose, Tomás tocaba la cicatriz.
No hablaba de gloria. Hablaba de los que no pudieron volver, de los que seguían bajo el dominio de los amos y de los niños que podían ser vendidos antes de aprender el nombre de su madre.
La batalla de Piedras Blancas fue una derrota insurgente. Para Tomás, fue también el día en que dejó de huir de la historia y entró en ella.
Anclaje histórico
Tomás y su participación son ficticios. El episodio se apoya en el enfrentamiento de Piedras Blancas, donde el realista Francisco Paris derrotó a las fuerzas insurgentes de Rafael Valdovinos, enviadas a operar en Xamiltepec; la fuente consultada no precisa el día exacto del combate. La Costa Chica tuvo respuestas diversas ante la insurgencia: hubo participación afrodescendiente en ambos bandos y conflictos internos, además de la sublevación de Antonio Valdés en 1811 y su dispersión en la zona de Chacahua.


